Alimentos Transgénicos. El lobo con piel de Cordero

Alimentos transgénicos: el lobo disfrazado de cordero. Realidad de los alimentos transgénicos.

La irrupción de la ingeniería genética transgénica en el mundo está creando un impacto similar al que produjo la incorporación de la energía nuclear, y esto de ninguna manera es una exageración…  Prácticamente no queda área del conocimiento que no haya visto sacudidos sus fundamentos clásicos,Maiz Transgénico no sólo por la calidad intrínseca de esta nueva tecnología, sino también -y sobre todo- por la forma en que fue impuesta.

Es que a diferencia de buena cantidad de innovaciones que suelen tener un origen relativamente diversificado y con gran participación de la ciencia oficial, ésta fue muy tempranamente acaparada por laboratorios con un poder económico superior al de la mayoría de los Estados del mundo. Eso hizo la diferencia, y hasta los propios países industrializados que fueron asiento de los primeros logros científicos y tecnológicos del área se vieron superados en cuanto a su autonomía y capacidad de decisión sobre las condiciones de aceptación de los nuevos productos, y sobre hasta qué punto las innovaciones constituían una invención o sólo un descubrimiento no sujeto a patentamiento.

Las consideraciones éticas que suelen preceder a las formas jurídicas resultaban oscilantes, y las bases del Derecho nacional e internacional debieron ser repensadas y reestructuradas en un marco de gran confusión y -sobre todo- de decisiones oficiales y privadas contradictorias. En muchos casos estas manipulaciones disfrazadas de "progresos científicos" son simplemente guerras comerciales. El mezclar soja natural con soja transgénica, por ejemplo, imposibilita el etiquetado del alimento y obliga a muchas personas que no tienen conciencia de los riesgos a ingerir productos no naturales que potencialmente son peligrosos. Y todo porque la soja ha sido manipulada para ser más resistente a un herbicida que, curiosamente (o no tanto…), fabrica la misma compañía que produce la soja transgénica. Hay miles de millones de dólares en juego, y ya sabemos que “Por la plata baila el mono”…

Se repite la historia ocurrida con los desarrollos nucleares: no existen auditorías científicas independientes, en un marco de incertidumbre dado por la escasa proporción de inversiones en bioseguridad. Uno de los principales problemas para comprender lo que está sucediendo -y lo que puede suceder- es la escasez de información. Esta falencia tiene al menos dos vertientes: una es que la información de última generación, la que aún no ha sido apropiada a través de patentes, es un secreto que permanece en el seno de las compañías en donde se generó. La que se hace pública es historia vieja; la otra vertiente es la ocultación sistemática por parte de las compañías de todo resultado adverso o dudoso que pueda llegar a cuestionar la aptitud de un nuevo producto para ser patentado y lanzado al mercado. Las decisiones sobre la inocuidad de un producto son tomadas unilateralmente en la intimidad de cada empresa, y en muchos casos ni siquiera les es jurídicamente impuesta la obligación de comunicar ese resultado a los organismos públicos que han de autorizar el producto. Les basta con declarar que son “sustancialmente equivalentes” a lo ya conocido, categoría ésta de alcances mal definidos, ya que hay sustancias químicas similares con efectos distintos.

Conocidos ejemplos de esta introducción artificial de elementos peligrosos en la vida humana -sin previa y suficiente experimentación a largo plazo- han sido, entre otros, el DDT, la talidomida, la energía nuclear, los gases clorofluorocarbonados, la dipirona, etc., con los catastróficos resultados consiguientes que son de público y notorio. Pero hoy el daño a la salud humana y al medioambiente por los efectos no intencionales de la progresiva alteración física del ecosistema, de la utilización desmedida de sustancias tóxicas y de la explotación excesiva de recursos naturales alcanzó una magnitud sin precedentes. Para cualquier científico resulta preocupante la alta incidencia de deficiencias del aprendizaje, asma, cáncer, malformaciones congénitas y extinción de especies animales y vegetales, en conjunto con el cambio climático global, la depleción de ozono estratosférico y la contaminación química y radioactiva.

¿Transgénico? No, gracias…

Los alimentos genéticamente diseñados que contienen genes derivados de cerdos, peces, insectos, Alimentos transgénicosvirus y bacterias están apareciendo cada vez con mayor asiduidad en los estantes de los supermercados. Este fenómeno comenzó a manifestarse, tímidamente al principio, con tomates, maíz, soja, productos lácteos, levadura y aceites, para luego extenderse masivamente a centenares de variedades tradicionales de frutas y verduras.

Dada la complejidad enorme del código genético, incluso en organismos muy simples tales como bacterias, nadie puede predecir ni siquiera aproximadamente los efectos nocivos producto de la manipulación biológica irresponsable de las especies, y mucho menos los relacionados con la ingesta de alimentos genéticamente  modificados por parte de la población.

Ello, debido a que el gen transpuesto reaccionará de manera diferente cuando funcione dentro de su nuevo anfitrión: la inteligencia genética original de este último se desorganizará. Esta suerte de cóctel siniestro de genes viejos y nuevos recombinados tiene efectos imprevisibles.

Ya nadie duda de que las transferencias no naturales de genes de una especie a otra son peligrosas. Las compañías de biotecnología alegan falsamente que sus manipulaciones son similares a los cambios genéticos que se dan progresivamente en la naturaleza. Sin embargo, los cruzamientos de especies que aquéllas realizan en sus laboratorios, como entre cerdos y plantas, o peces y tomates, jamás sucederían espontáneamente, e incluso pueden favorecer la transmisión de enfermedades y flaquezas entre especies, con efectos devastadores tan patéticos como los que hemos podido atestiguar en el caso de la “enfermedad de las vacas locas”, por sólo mencionar un ejemplo.

Prácticamente la mayoría de los alimentos genéticamente diseñados están siendo introducidos en el mercado sin etiquetar. Las compañías de biotecnología falazmente alegan que no se requiere ninguna rotulación, jurando y perjurando que no hay diferencia material entre alimentos genéticamente modificados y sus contrapartidas naturales. Pero resulta más que evidente que la inteligencia genética natural de las especies que nos alimentan, acumulada durante millones de años, está siendo alterada. Los gobiernos apoyan a las compañías de biotecnología e ignoran los derechos de los consumidores a ser informados. Si se omite el procedimiento de etiquetado, las causas de nuevas enfermedades pueden ser muy difíciles de rastrear. En definitiva, los conejillos de indias de este experimento trasnochado que está enriqueciendo a unos pocos sin escrúpulos terminamos siendo todos nosotros…

Boris Krygel

Publicado por Administrator en Opinión, Salud el 26 Octubre, 2005

  1. HECTOR _ME NNS

    ¡¡¡¡ HOLA ¡¡¡¡¡ A TODOS
    MUY BIEN CHICOS
    SALUDOS ADIOS

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