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Es natural que las personas deseemos tener una apariencia acorde con los estándares impuestos dentro del círculo social al que pertenecemos. Para ello disponemos de muchas armas que hacen posible este propósito: vestuario, maquillaje, accesorios… y por supuesto las hábiles manos del cirujano plástico.
Siempre que sea dentro de los parámetros normales, no existe nada de malo en quitarnos lo que no nos gusta o ponernos lo que nos falta, pero el problema radica cuando la atracción que genera la cirugía plástica se torna incontrolable. Al igual que las Drogas, estos procedimientos de modificación corporal pueden causar en ciertas personas un comportamiento adictivo que resulta en una patología psiquiátrica. Quienes presentan un fanatismo por modificar su cuerpo, en general padecen de dismorfofobia, un tipo de psicosis que les hace rechazar alguna parte de su anatomía por considerarla deforme, cuando en verdad no es así.
Otros se someten al quirófano porque en resumidas cuentas le rinden un culto al cuerpo, lo idolatran, toda su vida se centra en conseguir la perfección y belleza física, algo utópico por cierto. En ambos casos, los cambios nunca serán suficientes, por más modificaciones físicas que se realicen siempre habrá algo más por arreglar. La efímera felicidad que les genera un “retoque” se esfuma para dar lugar a la frustración por el nuevo “defecto” que se han encontrado. |


