Los flujos migratorios se han acelerado en los últimos quince años y todo indica que esa tendencia seguirá aumentando. Aunque en todas las épocas el hombre ha experimentado grandes movimientos migratorios, siempre con la misma premisa, buscar mejores condiciones de vida, hoy la causa mayoritaria de este fenómeno es la pobreza de millones de personas que viven en el Tercer Mundo, y que son atraídos por la riqueza de las sociedades industriales.
Sus causas
En el artículo 13.2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos está plasmado el derecho a la inmigración basado en la libertad que tiene toda persona a salir de cualquier país, incluso del propio. Pero frente a este derecho no existe una obligación recíproca de acogida. Esto quiere decir que la libertad de migración no implica pues que un extranjero tenga el derecho de ir donde tenga ganas, sino donde se lo quiera recibir.
En una organización social sustentada en la propiedad privada, los derechos de los individuos son condicionales, es decir, se permite el acceso a la propiedad de otro a condición de respetar las reglas y pagar el precio eventualmente demandado. De esta manera, el derecho de exclusión -independientemente de los criterios con los cuales se ejerza- es un ejercicio legítimo en una sociedad liberal y abierta, así como un mecanismo de autorregulación.
En todas las épocas el hombre ha experimentado grandes movimientos migratorios, siempre con la misma premisa, buscar mejores condiciones de vida. Entre los motivos fundamentales se pueden señalar:
a) Causa naturales: en un principio fue este motivo lo que hizo que el hombre migre para buscar su subsistencia. A veces el hambre o los cataclismos -inundaciones, erupciones, etc.- lo echaban del país donde se hallaba establecido.
b) Causas sociales: desde persecuciones políticas o religiosas, como también motivos de orden económico.
c) Causas expulsivas o atractivas: las expulsivas -la llegada de un invasor- y las atractivas -búsqueda de oro, etc.- han incitado al hombre a emigrar.
Hoy resulta evidente que la causa mayoritaria del fenómeno de la inmigración es la pobreza de millones de personas que viven en el Tercer Mundo, y que son atraídos por la riqueza de las sociedades industriales. Por eso este tema se ha convertido en la mayor preocupación de las sociedades desarrolladas. Éstas por un lado, reconocen la necesidad de importar mano de obra debido al envejecimiento de la población, a la falta de oferta nativa para desempeñar determinadas actividades laborales, etc. Por otro, en estos mismos Estados se generan determinadas reacciones y corrientes en contra de los inmigrantes, considerándolos una amenaza para la estabilidad y la identidad de sus sociedades. En consecuencia, los gobiernos responden a los flujos migratorios con una mezcla de restricciones de los legales y amnistías de los ilegales.
Desde mediados del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, se registró los mayores flujos migratorios de la historia de la Humanidad. Entre 1989 y 2002, la inmigración a EE.UU. y a Europa fue, en el primer caso, de 1 millón de inmigrantes legales y alrededor de 500.000 ilegales al año y, en el segundo caso, de 1,2 millones de legales y aproximadamente 500.000 ilegales. También cabe destacar el espectacular aumento de la inmigración producido en España desde 1997.
Según los últimos datos del Eurostat, en 2004, este país recibió un tercio de los inmigrantes que llegaron a la Unión Europea. En el ámbito nacional, esta inmigración supone casi el 90 % del aumento de población registrada en España ese año, 6 veces más que Francia, 7,5 más que Alemania y 3 más que el Reino Unido.
En la actualidad las causas más importantes que impulsan la inmigración hacia los países ricos son básicamente cuatro:
- Las oportunidades de empleo y los deseos de mejorar el nivel de ingresos.
- El caos y la represión política existentes en los países exportadores de mano de obra.
- La transición de economías agrarias a la industrialización. Esto implica una nueva reasignación de los recursos desde sectores primarios a la industria que provoca flujos migratorios del campo a la ciudad y al extranjero.
- Los programas de bienestar social existentes en las naciones desarrolladas que actúan como un mecanismo de atracción.
Los movimientos migratorios se pueden catalogar como: cualificados y no cualificados; legales e ilegales; voluntarios e involuntarios, y temporales y permanentes. La inmensa mayoría de los países industrializados aspira a importar capital humano cualificado, sin embargo, la mayoría de los flujos de población a escala internacional se concentra en inmigrantes poco cualificados que se ven atraídos por las posibilidades de prosperar.
La mayoría de ellos no quieren permanecer en el país anfitrión, sino que desean retornar a sus lugares de origen. Aquí entran también los ilegales. Los involuntarios, esto es, los refugiados, los demandantes de asilo se han incrementado de manera sustancial en los últimos veinte años a causa de los procesos políticos y de los conflictos bélicos que se han producido en algunas regiones del planeta.
Al crecimiento de la inmigración ilegal se asocian la delincuencia, la explotación, entre otras cuestiones de esta índole. Para explicarlo de forma clara, se trata sólo de una diferencia entre el número de individuos extranjeros que un país está dispuesto a aceptar y de quienes quieren entrar en él. Debido a que los costos legales y administrativos de ser inmigrante legal son muy altos en la mayoría de los Estados desarrollados, la emergencia de un mercado negro que permita eludir esas restricciones es inevitable.
También lo es el desarrollo de una actividad empresarial que ha convertido el tráfico ilegal de inmigrantes en un próspero negocio. Aunque resulta difícil de cuantificar, se considera que alrededor de 30 millones de personas cruzan cada año las fronteras de modo ilícito a través de mafias que mueven entre 13 y 30 mil millones de dólares anuales. La Oficina de las Naciones Unidas para el Control de las Drogas y la Prevención del Crimen reconoce que el tráfico ilegal de gente es hoy un negocio más lucrativo que el de las drogas.
En resumen se puede decir que los flujos migratorios se han acelerado de manera sustancial en los últimos quince años y todo indica que esa tendencia seguirá aumentando. En la actualidad, la gente que vive fuera de su tierra natal un año o más constituye el 3 por 100 de la población mundial.
Por último, la legalidad del inmigrante no se debe vincular a la situación laboral, sino al cumplimiento de un marco de derechos y obligaciones comunes. Para que la adaptación sea posible, el inmigrante ha de ser reconocido como ciudadano. Esto provoca que, a través de los mecanismos democráticos, éste pueda intervenir también en la formación de la ley y en la vida política activa. Es decir, lo que debe determinar la identidad democrática moderna, más allá del origen étnico, de la cultura, de la religión y de la lengua, es, ante todo, el acceso a la ciudadanía. Un desafío que las naciones desarrolladas deben enfrentar y paliar cuanto antes.
Daniela Ceccato
Publicado por diego en Internacional, Sociedad el 10 Mayo, 2006
